Dichos y Casildo, que viene por el foro cojeando, con la cabeza vendada y un brazo en cabestrillo

Casildo (Con voz llorosa.)—¡Padre!

Ciruqui.—¡Erse-lomo!

Prudencio.—¡Hijo mío! (Van a abrazarle Prudencio y Antonia y huye.)

Casildo (Con terror.)—¡No; no apretarme! ¡Ay, ay, qué dolores!

Prudencio.—¿Qué tienes?

Antoñita.—¿Qué ha sido?

Casildo.—¡Ay, padre, que yo no toreo más! (Llorando.) ¡Que no toreo más!

Ciruqui.—¡Vaya, pues nosotros... con permiso!...

Prudencio.—¡Gracias por todo, hijos!