Damiana.—Ahí la tienes a este erizo, lo mismito que en casa; se pasa la vida comiendo y gruñendo.

Viriato.—Pa mí que os la debía de mirar un médico, que esta chica come demasiao; debe tener algo.

Damiana.—No, si desde pequeña ha sío una glotona.

Avelino.—Hace como yo; que cuando era chico, comía tanto, que hasta quería que me diesen el aceite de hígado de bacalao a la vizcaína.

Damiana.—Pues ahí tienes en cambio a su hermana, que hay que hacerla comer con memoriales.

Zoila.—Esa es otra cosa en el tipo y en todo. No se parecen en náa.

Benita.—Ni falta que me hace parecerme a ella.

Nieves.—¡Y gracias a Dios, hija!

Benita.—¡Bueno, bueno, bueno! (Sigue comiendo.)

Nieves (Acercándose al grupo y dirigiéndose al señor Rafael.)—Oiga usté, padre.