Nieves.—¡Pero están ustedes oyendo el demonio e la tonta!
Damiana.—¿Y qué tié que ver que la chica pregunte una cosa inocente?
Benita.—¡Inocente! (Con guasa.) ¡Ja, jay!
Nieves (Con ira, a Trini.)—Vamos, vamos, que no tengo gana de armarla. (Vanse las dos del brazo por la izquierda.)
Benita.—¡Armarla, armarla! ¡Si yo dijera más de cuatro cosas! (Sigue comiendo.)
Avelino.—¡Bueno, bueno, bueno! dejarse de regaños, que no es día pa ello y écheme usté otro chato, señor Rafael, que voy a echar un brindis. (Rafael le sirve.) Señores.
Virutas.—¿Qué pasa?
Avelino.—¡Viva el taller de lavao y planchao de la señá Damiana Perea, anfitriona de esta garata que estamos celebrando!
Todos.—¡Vivaa!
Avelino.—Y arrimarse, que voy a leer unos versos en cuarteta, improvisaos por mí.