Ignacia.—¡Y dígalo usté! Epifanio tié narices porque yo no tengo pelos en la cara, que si no... ¡qué se había de reir ese ganso de nosotros!

Eulogio.—¡Ahí voy! Señá Ignacia, yo les aprecio a ustés y quiero que sepa usté una cosa que se me está pudriendo aquí dentro.

Ignacia.—¿Qué cosa es esa?

Eulogio.—Que eso de que no hay ningún hombre que se arrime a la Isidra por miedo de Epifanio eso es un cuento de las mil... y pico de noches.

Ignacia.—¿Que no es verdad? (Con extrañeza.)

Eulogio.—Yo conozco a uno que la quiere a cegar, y que no le tiene miedo a nadie... más que a ella.

Ignacia.—¿Y quién es ese?

Eulogio.—¡Venancio!

Ignacia.—¿Qué Venancio? ¿El panadero?

Eulogio.—¡El mismo!