Ignacia.—Pues no me he fijao en lo más mínimo. ¿Y la Isidra lo sabe?

Eulogio.—De seguro que lo ha notao; pero alocá con el otro... no ha estao pa más reparos. Y diga usté que Venancio, en cuanto al físico, no le diré yo a usté que sea un Adonis, ni un Romeo y Julieta; pero en lo tocante a hombría de bien, ríase usté de Guzmán el Bueno y de San Homobono, señá Inacia...

Ignacia.—¡Honrao creo que es!

Eulogio.—¡Que si lo es! El año pasao, cuando tuve la pulmonía y me encontré sin amparo y más solo que un sombrero hongo, él fué la única persona que se me arrimó al lecho del dolor de costao y me dijo: “¡No se apure usté, abuelo, que aquí estoy yo!...” Y esas palabras las tengo grabás en bronce aquí dentro, y como sé que revienta por la chica, poco he de poder u los vinculo, si usté me lo consiente...

Ignacia.—¿Que si yo lo consiento?... ¡Sí, señor! ¡Ojalá tenga usté poder pa eso!

Eulogio.—¡Yo lo arreglo todo! ¿Y sabe usté cómo?

Ignacia.—¡Chist! ¡Chist! ¡Calle usté; que sale la Isidra!

ESCENA VIII

Dichos, Isidra de la casa. Luego Baltasara en el balcón. Sale con un lebrillo de ropa recién lavada, que tiende en las cuerdas que habrá colocadas en la barandilla. Al sacudir y al escurrir la ropa debe oir el público el ruido del agua que cae a la escena.

Isidra.—¡Pero madre, no se duerma usté, que son las once!