Serafín.—Pues a ratos no crea usté que estorba una mijita de educación, amigo.

Higinio.—Tengo la que me hace falta.

Melquiades.—Pues la pué usté llevar en la funda de un cacahué y no se le llena; palabra.

Higinio.—Lo que yo tengo es... (Vuelve a acometerle.)

Serafín (Sonriendo.)—Lo que tiene usté son deciséis señoras al lao y un sujeto de miramientos vis a vis; pero también tiene usté un carrillo y yo una mano, y la vida ocasiones. Na más.

Melquiades.—¡Hablas, que esculpes! Y terminao el incidente, señores, que no le vamos a estropear el día a la señá Damiana.

Serafín.—Se continuará, pollo.

Higinio.—Cuando usté quiera.

Melquiades.—¿Vamos ahí, al sotillo, a jugar a prendas?

Todos.—Sí, sí; vamos. (La gente se va con Melquiades, murmurando y hablando entre sí, por el foro izquierda. Quedan en escena: la Trini, al fondo; Nieves, junto al árbol de la izquierda; Benita, hacia la derecha, y en el centro Higinio, Rafael y Damiana. Avelino hace mutis por la derecha.)