Damiana.—Cállate tú ahora.

Higinio.—Es que no podía más, Nieves; hazte cargo.

Nieves.—Si toa la vida serás lo mismo; un celoso, un primo sin correa pa na.

Higinio.—Porque te quiero pa mí solo.

Nieves.—Pues por éstas, que no me vuelves a poner en ridículo; hemos acabao.

Higinio.—¿Que hemos acabao?

Nieves.—Hemos acabao, sí, señor, pero pa siempre, ¡por éstas! (Besando la cruz de los dedos.) Hemos acabao.

Rafael.—¡Calma, hijos! ¡Válgame Dios!

Higinio.—¿Y qué he hecho yo pa esto, señor Rafael? ¿Qué he hecho yo pa esto? Quererla y na más. ¡Y luego dicen! Si debía ser uno como todos: un sinvergüenza pa las mujeres: esos tién suerte y no los primos como yo, que se cuelan de buena fe. ¡Maldita sea!

Nieves.—Pues se acabaron los primos; puedes marcharte cuando te dé la gana.