Damiana.—Dejar a esa tonta.
Benita.—Sí; tonta, tonta; porque las canto claritas. ¡El lujo, el lujo! ¡Eso, eso es lo que os pierde a muchas! El gabancito de moda, el zapatito de charol y la faldita estrecha y a pintarla por ahí andando a saltitos (Remedando lo que va diciendo.) como pollos trabaos. Pues no señora; hay que agarrarse al jornalito y ayudar al marido y chincharse; esa es la obligación de una pobre. Y si hay que llevar un pingo, se lleva y se aguanta una, que después de todo, siempre será mejor llevar un pingo que serlo. Eso es.
Nieves.—Pero ¿oye usté? ¡Desvengonzá! ¡Mala hermana! ¡Suélteme usté, que la arañe! (Quiere pegarla pero sus padres la contienen, llevándosela poco a poco por la primera izquierda.)
Damiana.—¡Hija, por Dios, que vamos a dar un escándalo!
Rafael.—¡Entre hermanas, válgame Dios! ¡Vamos, vamos!
Damiana (A Nieves.)—¡No llores, hija, no llores!
Nieves.—Envidiosa, más que envidiosa. (Mutis.)
Benita.—¡El lujo!... ¡el lujo!... Eso, eso; que os da miedo ser pobres, ni más ni menos. (Al quedarse sola, con gran energía.) Pues no señora: mi hermana, no. Ella pué que me arranque el moño, pero yo la juro que la quito de ese tío. Todo, antes que verla por esas calles sola y pintá de rubio, haciendo de reir a la gente. Mi hermana, no. ¡Por estas cruces! (Se sienta en el tronco del árbol de la izquierda, llorosa y agitada, limpiándose los ojos con el delantal.)
ESCENA VI
Benita y Avelino, que sale por el fondo derecha, ocultándose, entre los árboles.