Avelino.—¡Sola! ¡Yo la exploro! ¡Me gusta a mí esa tontita de una manera avasallante! ¡Tiene un no sé qué así, bobo, que engolosina! Yo voy a ver si la enloquezco por un medio poético que me se ha ocurrido. (Saca una navaja de muelles, no muy grande, y la abre.) Un poco grande es para mi ojepto, pero no he encontrao otra. Me tiembla el corazón que parece que voy a cometer un crimen. ¡Ánimo! (Llamando desde donde está.) ¡Benita!... (Avanzando.) ¡Benita!

Benita (Se vuelve.)—¿Qué? (Al verle se levanta aterrada.) ¡Jesús!

Avelino.—Perdone usté que venga a cortarla...

Benita (Retrocediendo asustada.)—¿A mí?

Avelino.—Que venga a cortarla el hilo de sus cavilaciones nada más; que esta navaja es para hacerla a usté una cosa muy agradable.

Benita.—¿Qué me va usted a hacer?

Avelino.—¿Que qué la voy a hacer? (Avanza con pasos trágicos y cogiéndola de una mano, la trae hasta el centro de la escena. Ella avanza con miedo.) ¿Cómo se llama usted?

Benita.—¡Ah! pero ¿es el padrón?

Avelino.—Es otra cosa más de adorno. ¿Cómo se llama usté?

Benita.—Benita.