Tuliqui.—¡Pero si es pa reventar!
Virutas.—¡Tienes unas cosas!
Melquiades.—Señor, que sé lo que me digo, hombre. Oirme y veréis. (A Serafín.) ¿Cuál es aquí la única cosa que nos es hóstil p’al logro de tus fines benéficos con la Nieves?
Serafín.—La Benita.
Melquiades.—Pues la hago yo el amor, primo, y tóo resuelto. (Todos ríen.)
Benita (Estupefacta.)—¡A mí!
Tuliqui.—¿Tú con esa mema? (Riendo.) ¡Ja, ja, ja!
Melquiades.—¡Natural, señor! Como ese cacho de tonta no ha tenido nunca quien la diga “por ahí te pudras”, pues en cuanto yo la insinúe tanto así, la incendio, cae en mis brazos, se pone de nuestra parte y cuando tú haigas lograo tu ojeto con su hermana, yo abandono a esa renacuaja y que se tome dos pastillas de sublimao, si le gusta. ¿Qué os parece?
Virutas (Riendo.)—¡Eres diabólico!
Serafín.—Oye, pero que de primera.