Benita.—¡Ay, que me he torcido un pie! ¡Ay!... ¡Agárreme usté, que no puedo!

Melquiades (Yendo hacia ella.)—Pero, ¿es que te has resbalao?

Benita.—Y me he caído, sí, señor. ¡Ay! ¿Me quiere usté llevar a aquel tronco? (El de la izquierda.)

Melquiades.—Con mil amores. (Cogiéndola de la cintura.)

Benita (Saltando a la “patita coja”, hasta llegar al banco.)—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! (Se sienta a la izquierda.)

Melquiades (De rodillas, reconociendo el pie lesionado.)—¿Y dónde te duele, rica?

Benita.—Aquí, un poquito más arriba del tobillo. (Levantando la falda y dejando ver un poco la pantorrilla.)—¿Lo tengo hinchao?

Melquiades.—No, pero... (¡Camará, qué pantorrilla!) A ver, ¿te duele al tazto? (Toca con el dedo repetidamente.)

Benita.—No, señor; me hace una punzadita nada más.

Melquiades.—Eso no es nada; descansando aquí un poquito conmigo, te se pasa. (Se sienta a su derecha, pero sin dejar de mirar la pantorrilla.) Oye, rica, ¿y sabes que vas muy bien calzadita?