Benita.—Se le pasaría. (Levantándose rápidamente.)—Y en fin, yo me voy, que no quiero que me vean aquí sola.

Melquiades (Obligándola a sentarse.)—No tengas prisa, mujer.

Benita.—No, si yo estoy muy a gusto, pero... ¡ay!, no quiero ni pensarlo, si me viesen aquí sola con usté, con las bromas que me dan.

Melquiades.—Bromas, ¿de qué?

Benita.—Nada, que como a veces, cuando hablamos así de hombres con mis amigas, yo siempre le saco a usté, pues se han maliciao tonterías, que... Bueno, yo me voy. (Como antes.)

Melquiades.—Aguarda, mujer aguarda. (Cada vez más acaramelado.) ¿Y qué es lo que hablas de mí con tus amigas, si pué saberse?

Benita.—Yo, nada; tonterías de chicas.

Melquiades.—Y dime, Benita, ¿tú no has tenío nunca novio?

Benita.—Novio, novio... lo que se dice novio, no, señor. Tonteos na más. ¡Como soy tan tonta!...

Melquiades.—Y escucha: ¿no te gustaría a ti tener un novio formal?... Vamos a ver.