Serafín.—Mis labios, pa ti besos y verdades; no tién otra cosa, nena. (Vuelve a tocar el organillo.) Y ahora vamos ahí dentro, y luego donde yo te lleve, y mañana juntitos pa siempre.
Nieves.—¿Pa siempre, Serafín?
Serafín.—¡Ni qué decir! ¿Oyes? ¿No te embebece esa música? (Casi al oído.) Vamos al salón, que vean canela. (Entran en él.)
ESCENA II
Melquiades, el Tuliqui, el Virutas y Bernabé
Melquiades (Por Nieves.)—¿Lo veis? ¡Otra a la canasta!
Virutas.—¡Se la lleva en el pico!
Melquiades (Levantándose y avanzando al proscenio.)—¿Pues vosotros oserváis la locura de esa chavala con Serafín? Pues es un grano de Anís del Mono, comparao con el estrago que yo le he producido a la otra hermanita.
Tuliqui.—¿Tanto?
Melquiades.—¡Chiquillos!... ¡Me quiere, que en algunas ocasiones, ya hasta me carga; pero me carga bárbaramente!