Valentina.—Hoy es el día más feliz de nuestra vida. Vienen a pedir la mano de esta... y el mes que viene las amonestaciones de ella y de Paco y las de su padre y las mías. ¡Los dos matrimonios en un mes!
Sinfo.—¡Ole con ole!... Eso sí que se mojará a lo grande.
Valentina.—Ni te ocupes. Ya conoces a Hilario que estornuda, le sale bien y convida; conque por una cosa así, que es su felicidad, no digamos.
Sinfo.—Sus merecéis el bien que tenís, hay que decirlo.
Sole.—Sí, señora; que han sío ustés mú regüenas páa tóo bicho viviente que las ha arrodeao y eso tié su pago. (Comiéndose un bollo.)
Valentina.—Eso no; la suerte de cáa uno, hija. Que esto ha sío como un sueño. Ya veis; hace dos años, aún vivíamos, yo, tan ajena con mi marido, y mi hermana casá con el padre de ésta; pos en menos que se dice, faltó mi marido, murió mi hermana, quedó mi cuñao solo con la chica, me hizo de venir a cuidarla, las dos nos encargamos de esto, él se fué a su negocio del merendero páa no dar que decir, y pasao el luto lo que estaba de Dios: esta se va a casar con el hombre que quiere y su padre y yo, pues... ¡capicúa!
Sole.—Y tú estarás contenta, ¿verdá, Encarna?
Encarna.—Contenta y más que contenta; contenta y recontenta, Sole. (Se abrazan con alegría.)
Sole.—La verdá es que tienes un cacho e novio que no cabe por ese portalón. Es un rato de hombre.
Pelele.—Y una celebridá, que no se os olvide. Que dentro de poco no habrá en España un torero como Paco Cebrián, Chico de las Peñuelas, porque tié unas agallas que pa él no hay toros grandes ni cornalones. A ese le echan un pavo y se lo come.