Bernabé.—¿Que s’azara? Un hombre como un hastial, más guapo que yo, si cabe, astro naciente de la tauromaquia triunfante y más corto que un cablegrama... Pasa, derrumbamiento taurómaca... (Le hace entrar empujándole.)

Paco (Con modestia.)—Ceguera paterna. Ustés le desimulen. (Dándoles la mano.) Padrino, señores... (Se saludan.)

Bernabé (A los chicos de la puerta.)—¡Amos, niños! ¿Pero es que no habéis visto nunca una celebridá, hombre? Largarse d’aquí.

Paco.—Na, que salgo y un hormiguero de almiradores en mi pos. (Aquilino sube y hace intención de sacar el sable; los chicos vanse corriendo.)

Hilario.—Eso es la popularidaz.

Paco.—La popularidaz y la silueta.

Bernabé.—Ven que te vean. (A Hilario.) Qué, ¿te gusta la presentación? (Queda en el centro; a su izquierda Paco e Hilario.)

Hilario.—De primera. Vitola de matador de cinco mil. No le falta detalle. Roten, dije, habano...

Paco.—El sombrero es lo último. Cordobés; copa lisa, ala plana, tono plomo, y por dentro forro verde, Cabestreros, 18, Sombrerería, y un escudito que dice Omni soit qui mal y pense, que debe ser una cosa pal dolor de cabeza. (Se lo pone.)

Aquilino.—Y buen ternito, mi amigo.