Cosme.—¡Mi madre!... ¡pues es una misivita!
Hilario (Saliendo de su profunda abstracción.)—¡Maldita sea! (Con amargura.)—¿Habré tenío yo una venda en los ojos, Aquilino?... ¿Habré estao ciego?
Aquilino.—¡Por Dios, Hilario, no desbarres, que esto es una infamia!
Hilario.—¿Pero quién va a tener interés en hacerme peazos la felicidad de esta forma tan cruel y en un día como el de hoy si yo no tengo enemigos?
Cosme.—Eso no lo digas. Tóo el que es feliz los tiene, Hilario.
Aquilino.—Esto es de algún envidioso, estoy seguro, que la envidia es lo más malo de este mundo.
Hilario.—¿Pero qué me van a envidiar a mí, Aquilino?... ¿Un peazo e pan, un rincón de casa, una pizca e felicidá?
Aquilino.—El envidioso no repara en más o en menos... quitarte el bien que tengas, poco o mucho, grande o chico.
Hilario.—No, Aquilino, no... No hay alma por negra que sea que se atreva sin motivo a hacer una cosa como ésta, cincuenta veces peor que un asesinato. (Se levanta y va hacia la derecha.)
Aquilino.—Por Dios, Hilario, cálmate. (Siguiéndole.)