Hilario.—Sí; quizás que habré estao ciego: que cuando quieres hay cosas que las tiés delante de los ojos y no las ves hasta que te las dicen... La Valentina me trajo aquí a Bernabé. Eso no puedo negarlo.

Aquilino.—¿Pero vas a dudar?...

Hilario.—No es que dude; es decir, las cosas como han pasao. Ella trajo a ese hombre y ella arregló lo de los chicos, y tóo se le hace poco pa esa gente, esta es la verdad... ¡maldita sea!... Y si esto es una traición; si esto fuese una traición después de lo que yo he hecho por ellos, os juro por la sangre que tengo... (Amenazador avanza.)

Aquilino (Conteniéndole.)—Hilario... amos, hombre, una meaja de aplomo, que tú no pués partir de ligero.

Cosme (Cortándole el paso.)—A más de que lo primero es cerciorarse, por lo tanto, lo que te conviene es fingir y...

Hilario (Vivamente.)—No, eso no... fingir no; no tengo carácter pa ello. De que me serene pensaré lo que sea menester... pero por de pronto, como tengo ya el corazón envenenao, me molesta esa música y esa alegría y ese barullo, conque vete a decirles a tóos que se vayan.

Aquilino.—Pero, hombre, no comprendes...

Cosme.—Calla, ellos vienen. Aplomo, Hilario. (Pasa al lado de Aquilino.)

ESCENA XI

Dichos, Valentina y Bernabé. Del tendedero vienen riendo.