Paco.—¡Sí, señora, sí; que hay colores sombrones... y siempre que he salío de lila me han catao!

Bernabé.—No hagas caso. Ya ves, éste va de verde manzana y de poco le mondan.

Paco (Llorando y mordiéndose los dedos de ira.)—¡Echarme a mí un toro al corral!... ¿A mí?... ¡Maldita sea! ¡Yo no aguanto esta vergüenza! ¡Yo me quiero cortar la coleta! ¡Darme unas tijeras!

Valentina.—Amos, Paco; ten reflexión y serénate, caray, que ahora no estás pa cortarte nada.

Paco (Abrazándola.)—¡Ay, señá Valentina, qué mal he quedao!

Valentina.—Has quedao entero, que no es poco. Lo demás ya se arreglará. Árnica y reflexión.

Bernabé.—No pués tener más que un consuelo, hijo; que toas las veces has entrao por derecho, y hasta cuando te ha cogido el toro y te ha zamarreao rompiéndote la taleguilla de arriba abajo, el público te ha hecho una ovación. Algo habrá visto el público.

Sole.—¡Ya lo creo que ha visto! ¡Como que dende donde yo estaba, toas las señoras nos hemos tenío que tapar los ojos!

Zipilín.—Y el torito ese te lo han echao al corral porque no me has hecho a mí caso; si no, ¿de dónde?

Paco.—Pero, ¿qué iba yo a hacer?