Los dos.—¡La envidia! (Cuando Bernabé e Hilario están a punto de acometerse, se interpone Sole, llorosa, temblando.)

Sole.—¡Señor Hilario, por Dios, no se pongan ustés así! Y, vaya: yo no sé si hago bien u hago mal, pero yo le voy a decir a usté una cosa que me la arrancan del corazón, pero yo se la digo.

Hilario.—¿Qué me vas a decir?

Sole.—Que sí, señor; que tóo lo que ha pasao ha sío una ceguera de la envidia. (Baja avergonzada la cabeza.)

Hilario.—¿Qué estás diciendo?

Sole.—Cuando yo se lo digo a usté... (Se arrodilla a sus pies.)

Valentina.—¿Lo oyes? ¿Lo estás oyendo?

Hilario.—Pero tú...

Sole (Con tristeza.)—No me hagan ustés hablar más.

Valentina.—Basta. Levanta, hija; no hace falta que pa defendernos acuses a la persona que más tiés que querer.