Bernabé (Con amargura.)—Bueno; ustés s’han arreglao. Está mu bien. Pero nosotros estamos de más. Que lo de los Labullas lo tengo yo clavao en el corazón. (Paco da un suspiro muy hondo.) Ámonos, monumento malograo.

Aquilino.—Perdónalo, Bernabé. Ha tenío una venda en los ojos.

Paco.—Sí; pero por tener él una venda, fíjese usté la que tengo yo. (Enseñando la de la pierna.)

Bernabé.—Doce metros. (Inician el mutis.)

Valentina.—¡Alto! ¡Quietos aquí! A obedecerme. Y oye una condición, Hilario.

Hilario.—Tú dirás.

Valentina.—Que mañana tóo el mundo a casa. Aquel arroz que quedó en pie, se comerá, si Dios quiere. Tú torearás Bobadillas, y si entonces quedas mal, a seguir en tu oficio. Luego os casaréis. Nosotros al trabajo, al cariño; tóo como antes. No le cedo a la envidia ni el canto de un duro.

Sole.—Y a mí no me echarán ustés del lavadero, ¿verdá, señá Valentina?

Valentina.—¡Quiá hija, ni lo sueñes! Soy buena, pero no tanto. Tú tiés que ganarte allí una peseta pa llevársela a tu madre. Que no hay peor castigo pa un envidioso que tener que vivir del bien que ha querido destrozar.

Bernabé.—¡Olé, eres Agustina de Aragón y Cascorro tóo en una pieza!