LOS POBRES

Almas piadosas, corazones magnánimos, que cedéis ante la demanda plañidera del mendigo que os tiende en la calle la mano escuálida, seguidme. Venid conmigo a los inmundos rincones de un Madrid lamentable y mísero, artimañoso y agenciero, que, por fortuna desconocéis, y escuchad estos edificantes y verídicos diálogos.

Estamos en el Campillo de Gilimón. Es una tarde clara y fría, de cielo azul y sol espléndido.

Dos vecinas, la señá Gala y Petra la Bizca, acaban de dirimir sus diferencias a mordiscos, golpes y arañazos, entre injurias soeces, ante un público desarrapado y jubiloso. Terminado el jollín se retiran las beligerantes, seguidas de sus partidarios, a reparar desperfectos. Va cesando poco a poco el tumulto.

Junto a la tapia del hospital de la Orden Tercera quedan acurrucadas, tomando el sol, dos viejas andrajosas, la señá Librada y la señá Justa; próximo a ellas, el señor Celipe el Chinas, viejo también, sentado en un cajón, deshace unas colillas y lía un cigarro. El Pendingue (afilador) se ocupa en buir unas cuchillas de zapatero. Algo más lejos, unos chiquillos juegan con gran alboroto.

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Justa.—¿Y por qué ha sío la zurra?

Librada.—Y diga usté que muy bien da que ha estao.

Justa.—Pero, ¿tenía motivos la Bizca?