Librada.—¡Digo!... como que la Gala la debe dos quincenas del alquiler de los chicos. Un abuso.
Justa.—¡Ah! ¿Pero le tenía alquilás las creaturas?
Librada.—Hace mes y medio. Por seis reales diarios. Una peseta el mayorcito y cinco gordas el chavea. Que es regalao, porque hay que ver lo que vale ese niño pa pedir.
Justa.—Tengo oído que es una alhaja.
Librada.—Como que no hay noche que no se retire con sus tres pesetas corridas. Pero se lo merece; es un lince. Le suelta usté en la cá Alcalá, ve a una señorita de esas muy antravés con un señorón de levosa, y ya le tiene usté agarrao a los faldones diciéndole al caballero: “Señorito, una limosna, por la salú de la señorita, que es muy guapa. Ya la podía usté comprar un coche, con esos ojos que tiene. Cómpreselo usté, ande usté.” Hasta que le miran; se echan a reir; el señorito dice: “¡Qué granuja!...” La señorita: “¡Es muy mono!” Y no hay pareja que no le apoquine de dos a tres perras.
Justa.—¡Vaya un vivales de creatura!
Librada.—¡Pos y el mayorcito!
Justa.—¿El jorobeta?
Librada.—Jorobeta y tóo lo que usté quiera, hija, pero es un portento. Ese coge una cestita, una botella vacía, se para en una esquina de tránsito, se echa al suelo, rompe a llorar amargamente que su alma se la arrancan, y cuando tiene corro hay que oirle: “¡Ay, mi pobre madre!... ¡Ay, después de cuarenta y ocho horas que no comemos!... ¡Ella, que va y me da dos pesetas pa traer aceite, y voy y las pierdo! ¡Ay, que yo no vuelvo a mi casa, con mi pobre padre enfermo como está!... ¡Ay, un día que podía alimentarse!...” Y misté, la gente se conmove de oir a la creatura aquellos lamentos, hacen una porrata... y no hay llorera que no le suba al chaval de cinco a seis reales.
Justa.—Pos diga usté que esos dos niños son dos minitas.