Librada.—No, señora; tuve unas palabras con el sacris, y no he güelto. Iba mucha gentuza. Ahora me he conchavao con la Pelitos y nos hemos hecho vergonzantas.

Justa.—¿Y las va a ustés bien?

Librada.—Pos, hija, pa como están las cosas, se va tirandillo. Sino que es mucho aperreo. Porque, un supongamos, viene la vesita de San Vicente a mi casa; pos ya me tié usté pasando tó el mobilario a cá la Pelitos. Me quedo con un jergón, el baúl viejo, media vela en una botella y una silla inválida; acostamos a Casimiro, el chico de la Onofra, que es una especialidad en toses y quejidos, y presentamos un cuadro que es pa caérsele el corazón a una pantera. Que, otro suponer, va la vesita domicilaria a cáa la Pelitos: pos me pasa a mí tóos sus trastos, se echa en una manta el señor Cosme, que hace el moribundo que asusta de bien, y raro es el día que no nos dejan, a más del donativo semanal, tres u cuatro pesetas de su motu.

Justa.—Así se están ustés poniendo el cuerpo de ensalás de escabeche y frascos de vino.

Librada.—¿Y no se lo gana una con lo que tié una que lidiar con esas tías de señoronas, que le piden a usté recibo hasta de una perra chica...?

El señor Celipe. (Terciando en la conversación.)—Y que lo digas... ¡Que hay que ver lo de mala fe que se ha puesto la caridá hoy en día! Un asco. ¡Amos!; la otra tarde, que salí a pedir, me hizo a mí una señorita una ación, que si no hay gente la pego.

Justa.—Pues ¿qué le hizo a usté?

Señor Celipe.—Náa, que le digo en un tono que era pa partir grava de dolorido, y quitándome la gorra y todo: “Señorita, por la salú de sus hijos, deme usté pa un panecillo, que hace cuarenta y ocho horas que no lo pruebo.” Se hace la magoya y aprieta el paso. “Señorita, que tengo mucha nesecidá. Si no se fía usté, allí hay una tahona. Cómpremelo usté misma.” Y va y dice: “Bueno, venga usté conmigo.” Y vamos y me compra una libreta, salimos a la calle y, ¡pasmarse!..., me la parte por la metá antes de dármela.

Librada.—¡Qué pécora!

Justa.—Pa quitarte de revenderla.