Señor Celipe.—Claro, como que es lo que yo pensaba hacer si no me la mutila. ¡Serán sinvergonzonas!
Librada.—Haberla pegao, so primo.
Señor Celipe.—Déjate, que ya la conozco.
Justa.—¿Y lo del pañuelo, va cundiendo, señor Celipe?
Señor Celipe.—Es lo más produtivo, pero ya va en baja.
Librada.—¿Y qué es lo del pañuelo?
Señor Celipe.—Pues náa, un truco que se le ha ocurrío al señor Quintín el Bolas, que es un diantre pa inventar. Nos ha reclutao a siete u ocho conocidos de la Cuesta e las Descargas: nos carateriza de albañiles con un poco de yeso, que paece talmente que acabamos de bajar del andamio, nos lleva a Recoletos, tiende un pañuelo de hierbas en metá del paseo y le dice, señalándonos, a tóo el que pasa: “Grupo de obreros sin trabajo.”
Librada.—¿Y sacaban ustés mucho?
Señor Celipe.—Ha habido día que hemos porrateao a seis ochenta por barba, descontá la cena, vino y puros. Pero la otra tarde, que íbamos decisiete, tendimos el moquero en la Castellana, y... ñascas. Ni quince céntimos..., y eso que pasó el Presidente del Consejo, que no es que nos diera na, pero animó bastante.
El pendingue. (Cargándose a cuestas el artefacto.)—¡Amos, estoy oyéndoles a ustés y me paece mentira que haiga primos que trabajemos entavía!...