LA RISA DEL PUEBLO

Pasadas las Ventas, en la carretera de Alcalá, antes de encontrar el camino del Este, sobre un altozano, hay una casa humilde, taller de cantería, donde se trabaja para el inmediato cementerio.

Es la tarde de un domingo. Los sillares yacen silenciosos al pie de los sombrajos. No golpea sobre ellos con su son alegre el pico de los canteros. Unas cuantas gallinas escarban afanosas en el estiércol, y varios chiquillos juegan y alborotan dejándose resbalar por la cuesta de un desmonte próximo.

A la derecha, borroso por la niebla de la tarde fría y gris, se ve el cementerio con su enorme vastedad erizada de cruces; y más allá diseminados en la lejanía, los barrios de Doña Carlota, Pueblo Nuevo y Zafra; los caseríos míseros de La Elipa y Puente de Vallecas; y más lejos aún, los tejares del Olivar de Perales. Suburbios tristes, yermos, que circundan Madrid como mendigos que acosan a un viejo hidalgo.

Bonifacio Menéndez, el maestro cantero, sentado a la puerta de la casa, echa un pitillo y lee un periódico. La señá Angustias, su mujer en serio, canturrea trajinando dentro del hogar. Primitivo y el Sardina, dos próceres del riñón del Avapiés, con pañuelos de luto al cuello y las cachabas colgadas del antebrazo, bajan lentos, tristes, silenciosos, del camino del cementerio. Al ver al señor Bonifacio se detienen, y uno de ellos grita desde la carretera:

Primitivo.—Adiós, canterito.

Bonifacio. (Dejando de leer y mirando por encima de las gafas.)—¡Atiza, qué pareja de pollos! (A su mujer.) Atiende, tú.

La Angustias. (Que se asoma a la puerta.)—¡Virgen!... ¡Vaya un par de banderillas de lujo!

Bonifacio.—Pero, ¿de dónde salís tan enlutaos?

El Sardina. (Muy serio.)—De la Negrópolis.