Bonifacio.—Y na más. ¡Y las cosas con pruebas, que es lo que vale!
Primitivo.—¡Pero si tú eres más serio que una corbata negra!...
Bonifacio.—Yo soy como me sale del bolsillo. Lo que tiene es que ca uno vive según los prencipios que l’han dao. Vosotros, ¿en qué sus habéis divertido siempre? Pues yo te lo diré. De chicos, en iros por las mañanas con los tiradores a matar pájaros a la Moncloa, por las tardes a la pedrea y por las noches, con las estacas, a perseguir gatos por el barrio. Total, a disfrutar haciendo daño. Luego, de mocitos, a correr de calle en calle, atormentando a Garibaldi u a cualisquiera vieja borracha, a tocarles la chepa a los jorobaos y a burlaros de los cojos. A gozar con el dolor del prójimo.
El Sardina.—Hombre, esas son cosas de la juventud.
La Angustias.—Cosas de cafres... Si tuviás tú un hijo con joroba, ¿te gustaría que se rieran de él? ¿No te morirías de pena? Pues ca vez que veas a un lisiao piensa que te está oyendo su madre.
Primitivo.—Amos, Angustias, no te pongas macabra.
La Angustias.—¡Oye, eso de macabra se lo dices a tu suegra!
Primitivo.—¡No es ningún insulto, señor!
La Angustias.—Por si acaso.
Bonifacio.—Y luego, ya de hombres, ¿a qué le llamáis vosotros diversión? Pos a ver destripar caballos en los toros. A marcharse en patrulla armando bronca por los bailes de los merenderos; a acosar por las calles a mujeres indefensas con pellizcos y gorrinerías; a escandalizar en los cines y a insultar a las cupletistas. ¿Y eso es alegría, y eso es chirigota, y eso es gracia...? Eso es barbarismo, animalismo y bestialismo. Y hasta que los hijos del pueblo madrileño no dejen de tomar a diversión todo lo que sea el mal de otro... hasta que la gente no se divierta con el dolor de los demás, sino con la alegría suya... la risa del pueblo será una cosa repugnante y despreciable. Bonifacio Menéndez, ris ras, rubricao.