Bonifacio. (Sonriendo.)—Hombre, mira; ves, eso tiene gracia... ¡Carreras de cojos!... Y dices que pájaros fritos... (Vacila.)

Primitivo.—Tira pa alante. Verás qué tarde pasamos.

Bonifacio. (Se levanta.)—Oye, Angustias, mira, yo voy a acercarme con éstos... No tardo.

La Angustias.—Pero ¿serás capaz de ir...? ¡Tú a divertirte con unos desgraciaos!... ¡Pero no estabas diciendo que si el salvajismo, que si!...

Bonifacio.—Mujer, uno conoce las cosas... Pero, después de tóo, ¿qué culpa tengo yo de que haiga cojos ni de que me gusten los pájaros fritos...? Es el fatalismo humano. Siéntate, que no tardo.

Los tres hombres se alejan riendo. Por el desgarrón de una nube morada brilla un rayo de sol que inunda el lejano cementerio de luz amarilla. La mujer ve alejarse a los hombres, que ríen, y se dibuja en sus labios una sonrisa extraña.

La Angustias. (Sentándose a la puerta de su casa.)—¡Qué hombres!... Será que la vida es así. ¡Conoce uno que no se debe de reir del mal de otro, y como si no!... (Encogiéndose de hombros.) Bueno.

TELÓN


LOS PASIONALES