Paco el Metralla, un jovenzuelo de mediana estatura, enteco, amarillo, de mirada cínica, muy compuesto, con su traje flamante, sus botas de caña, su corbatita de nudo y su gorrilla inglesa, va con paso resuelto y marchoso Torrecilla del Leal abajo. A poco, atraviesa la calle de Zurita, tuerce por la de la Fe y viene a dar con la del Salitre, frente por frente a la iglesia de San Lorenzo, simpática parroquia enclavada en el riñón del Madrid castizo y jaranero.
Está anocheciendo. El chulillo detiénese en la última esquina. Sus miradas iracundas e inquisitivas, se dirigen a un frontero obrador de plancha, cuya luz ya se ha encendido, y en el que trabajan, sofocadas, alegres y dicharacheras unas cuantas mocitas de garbo.
Paco pasa y repasa por delante del obrador, dejándose ver.
Al reparar en él, se hace un enojoso silencio entre las bulliciosas muchachas; y una de ellas, la más desenvuelta y garbosa, dice con sincera acritud, sacando una plancha del anafre y arrimándosela a la mejilla:—Ya está ahí ese mosca.
—Pos ahora verás—exclama la maestra, y cierra violentamente la puerta vidriera del obrador.—¡Miá que es pelma el niño!—añade iracunda.—Pero ¿qué se habrá creído ese chulo de baile?
Más excitado por el incidente, retorna el bullicio entre aquella alborotadora y femenina juventud, y la voz entonada y firme de una mocita destaca esta copla, llena de punzante ironía:
“Me he cansao de quererte,
búscate otra,
o aguarda a San Isidro
si quieres tontas.”