Paco, plantado en la esquina, calcula por la indirecta la hostilidad con que es recibido, y al terminar la copla tira con rabia la colilla contra el suelo, haciendo estallar en chispas la lumbre del cigarro, y masculla amenazador:—¡Maldita siá!... ¡Pa que no vayas a la Casa de Socorro esta noche!... No tendría yo lacha. Tú saldrás.
Pasea por la acera con paso desigual y nervioso; se estira la visera de la gorra, se zarandea el chaleco, se afirma el pantalón. Al fin, decidido a esperar, se recuesta en la esquina.
A poco, un nuevo personaje, Gumersindo, el Chulo de Postas, menos joven, pero peor encarado y más cínico que el Metralla, le pone la mano en el hombro cariñosamente.
——
Gumer.—¡Gachó, tú de puntalito!
Paco (Secamente.)—Hola.
Gumer (Mirando con guasa a lo alto.)—Oye, ¿pero es que amenaza ruina esta medianería?
Paco (Con ira.)—Lo que amenaza ruina es que esta noche no duermo yo en mi casa, Gumer.
Gumer.—¿Y eso lo das como novedá?
Paco.—Es que no se lo paso; ¡mialás!... ¡Que la pincho, por mi salú!