Gumer.—Pero, ¿quiés cordinar, ninchi, a ver si te cojo el hilo?

Paco.—Na, hombre... la Nieves.

Gumer.—¿Qué t’ha hecho?

Paco.—Una tontería... ¡Pa diez años de cárcel!

Gumer.—Es una niña de pronóstico. Te lo tengo advertido. En fin, vuelca el talego.

Paco.—Verás qué rica. Pos na: que después de ocho meses de relaciones, que me ha tenío hecho una oveja, sacándola a paseos y cines cuando l’ha dao la gana y haciéndola el favor de llevarla a mi diestra; después de tenerme sacrificao, que me dice “no mires a ninguna”—y tengo que mirar de reojo;—después que me compra una corbata y me la tengo que poner aunque no me guste... ¡y encima—y esto es lo más horrible—que me he gastao con ella un dineral!...

Gumer.—¿Sobre cuánto?

Paco.—Pos tóo lo que me ha dao en los ocho meses pa que se lo guardara y tres pesetas mías.

Gumer.—¡Qué bárbaro! ¡Estáis echando a perder a las mujeres!

Paco.—Bueno; pos después de esa conduzta modelo—tóo por los cuatro cochinos duros semanales que gana, que me cuesta un triunfo sacárselos,—la llevo el sábado al baile de Provisiones, porque me dijo que quería perfeccionarse en el tuesten, y porque al entrar me distraigo media hora en el guardarropa con la Piñones, va, se atufa, se mete en el salón y se me pone a bailar con el Petaca.