Gumer.—Clavao. Por lo tanto, si quiés quedar como un hombrito, la aguardas esta noche, y de que salga la llamas y la planteas el poblema en esta forma: “Apreciable nincha: U sigues las relaciones amorosas con un servidor, u te doy dos tajos en el rostro. A escoger.” ¿Que te dice que sí? pues, dominada ya por el miedo, haces cuenta que te has comprao una burra; ¿que se emperra en que no? pues tiras de navajita y la cortas la cara. Ni más ni menos.
Paco (Con cierto estupor.)—¡Gachó! Pero, ¿y si me llevan a la cárcel?
Gumer.—¡Amos, quita, manús! Estás en primaria. Aquí me tiés a mí, que he pedricao con el ejemplo. Por una cosa parecida a la tuya le dí yo dos tajos a la Enriqueta.
Paco.—Ya m’acuerdo.
Gumer.—¿Y qué me pasó?... Pues que, como era delito pasional, a los dos meses asolvido.
Paco.—Pero aquello fué la suerte que tú tienes.
Gumer.—Y la de todos. Por un arrebato pasional le quitas el reló a un amigo y es atenuante.
Paco.—¿Estás seguro?
Gumer.—¿Cómo seguro?... Acuérdate de lo mío.
Paco.—Pero tú estuviste en la cárcel.