Gumer.—Porque se diztó indebidamente auto de prisión. El juez que me atropelló con el auto.
Paco.—Lo que pasa con todos los autos.
Gumer.—Pero, muchacho, se vió la vista causa, y como la seda. ¡Me tocó un Jurao!...
Paco.—¿Bueno?
Gumer.—Ni escogido. El señor Pepe, el Bocas; Quintín, el Churrero; el señor Serapio, el Orejas; Custodio el de la Leoncia; Valentín el Zapa... tóos amigos.
Paco.—Pero, ¿cómo estaban allí esos tíos?
Gumer.—Sí, hombre; es que a los caballeros les gusta que haiga Jurao, pero no quién ir, ¿sabes? y cuando les toca, pos, pa no molestarse, delegan por las cinco pesetas en una colección de sustitutos, del comercio de esta corte, que vagan por los pasillos de las Salesas a lo que cae. Y, claro, yo que me vi con la mar de conocidos en el Tribunal popular, compuesto en su mayoría de elemento vinatero, pues dije: “Sois míos”; y alecionao por el defensor, a la primera pregunta del fiscal empecé a llorar a lágrima viva y a decir que los celos me habían puesto una venda sanguinolenta en los ojos, que la navaja me se había venido sola a la mano y que al cometer el delito me pasó una cosa pasional por el cranio, que yo no sabía si estaba jugando a la brisca o dando puñalás.
Paco.—¡Vaya un raspa!
Gumer.—Y a tóo esto, yo, venga de sollozos, llamándole a la Enriqueta “ser querido”, “arcángel de mi juventud”, “primer amor de mi existencia”... y dando convulsiones y diciéndole al relator que me hiciese el osequio de pegarme un tiro en la nuez, que yo no podía vivir después de haber atentao contra aquella mujer “amada y fraudulenta”.
Paco.—¡Chiquillo, es que tú también te usas unas frases!