Gumer.—Hombre, la solenidá era pa ello. Resumen: que si ves el cuadro, la hincas. El público era un puro sollozo; los juraos hicieron charco de tanta lágrima, y el presidente del Tribunal yo creí que se arcidentaba. Gracias que empezó a roncar.
Paco.—¿Se quedó dormido?
Gumer.—Como una rosca. Total: veredizto de inculpabilidaz, sentencia asolutoria, la Enriqueta lisiada pa toa su vida y yo con un cartelito entre las damas desde que salí de la cárcel, que aquí me tienes, vestido, calzao, fumao, comido, bebido, ecétera, ecétera... Porque, dime tú, después de aquello, ¿qué desgraciada le niega a un servidor cinco duros, aunque tenga que sacárselos al Ayuntamiento?
Paco.—¡Gachó, qué suerte!
Gumer.—Táztica y monocle. (Señalándose el ojo derecho.)
Paco.—Eres el Hizdemburge del Sombrerete.
Gumer.—Me has tañao. Por eso te digo, Paco, que sigas mis huellas con la Nieves. U te se somete con jornal y todo, u la pinchas; no seas primo.
Paco.—Sí, estoy resuelto. Tiés razón. (Mirando hacia el obrador.) Calla, que salen.
Gumer.—¡Camará, cuántas vienen!
Paco.—La rodean las compañeras.