Gumer.—Que se han maliciao algo; pero no le hace. Llámala aparte y se lo dices. Conque salú y suerte, ninchi, que yo me voy. (Vase calle abajo, huyendo de la quema.)

Paco (Un poco pálido, acercándose al grupo de muchachas que ha salido del obrador.)—Nieves.

Nieves.—Me llamo.

Paco.—Haz el osequio de venir.

Nieves.—No me dejan en casa.

Paco.—Nieves, que estoy ciego.

Nieves.—Cómprate un perro.

Las risas de las compañeras excitan a Paco, que coge a Nieves de un brazo y la hace bajar violentamente de la acera, mientras, lívido y tembloroso, saca una navaja. Sin darle tiempo a abrirla, aquel enjambre de mocitas bravías cae sobre él y le desarman, le tiran al suelo y, con llaves, bolsos de mano y puños cerrados, le dan una paliza de órdago a la grande y le dejan en tierra sangrando por boca y narices, entre la rechifla de la gente del barrio, enterada del suceso.

Un guardia de Orden público, que se acerca al escándalo, se lleva a pescozones al Metralla.

Guardia.—Echa pa alante, vividor de mujeres.