Pepe el Malagua, dueño del local, les hace los honores osequiándoles con unas limpias de Monóvar.

Se habla a voces de la última cogida de un fenómeno.

De pronto, un poco confuso, suena a lo lejos, en el silencio de la calle, espaciado y solemne, el repiqueteo de la campanilla del Viático. Le sigue, como ruido complementario, el lento rodar de un coche.

En el interior de la taberna se hace un breve silencio. Todos atienden.

El señor Eulalio, un poco indeciso, levanta la mano con disimulo y toca levemente la visera de su gorra.

Una ruidosa carcajada, que se deshace en aspavientos, en muecas de burla, y en soeces interjecciones, es el comentario que pone la reunión a la inofensiva reverencia del pobre anciano.

Señor Floro (Muerto de risa.)—¡Ja, ja, ja..., pos no se iba a quitar la gorra! ¡Ja, ja, ja!...

Señor Eulalio (Un poco avergonzado.)—Hombre, yo...

Baldomero.—¡Amos, quite usté d’ahí, so beata!

Señor Eulalio.—Pero, señores, el que un hombre haga una cosa porque tenga ciertos principios, no creo yo que...