Nicomedes.—¡Te conocíamos como peón de mano, pero como santurrona!... ¡Ja, ja, ja!...

Pepe el malagua.—¡Medio siglo haciéndonos creer que se desayunaba con acólitos en pepitoria, y de pronto nos resulta un cofrade!

Señor Eulalio.—¡Hombre, hacer el favor de no insultar!

Señor Floro.—Eulalio, vas camino del jaimismo.

Señor Eulalio (Ya amoscado.)—¡Voy camino de la venta de la... Rubia! ¡Señor... miá tú qué tendrán que ver las narices con el buen tiempo!

Señor Floro (Dando un enérgico puñetazo sobre la mesa.)—Entonces, ¿por qué saludas ante las patrañas eclesiásticas?

Señor Eulalio.—Saludo porque no creo que haga falta la desageración en cosa ninguna. Porque yo no es que pise una iglesia, que eso, Dios me libre...; pero tampoco soy como tú, que porque un día estarnudaste en la calle y te dijeron “Jesús”, tuviste un juicio de faltas. Ni soy como ese, que no pasa un cura por su lao que no le profiera una ofensa, bien oral, bien mímica. Yo no me persigno ni creo en esas pamplinas de santos ni de novenas; pero, señor, una meaja de fe en algo hay que tenerla.

Señor Floro.—¡Fe en el progreso humano!

Todo el concurso (Que queda pendiente de la discusión.)—¡Mu bien!

Señor Eulalio.—Estoy en ello; pero yo lo que te digo, Floro, es que tié que haber un Ser superior, llámese Dios u llámese como se llámese, que haiga formao este Universo que nos cobija.