Todos.—¡Mu bien!
Un oyente.—Eso no es posible, señor Floro.
Señor Floro.—¿Quién ha graznao esa negativa?
Un oyente.—Servidor; porque si yo creyera que una mujer con unos ojazos y unas formas como las de su cuñada de usté era produzto de un pedazo de queso, yo tiraba una bola. (El auditorio ríe.)
Señor Floro (Amoscado.)—Tiés una cabeza, mi amigo, que la incluyes en un puesto de melones y no desmerece. Estoy filosofeando, y, por lo tanto, hablo en sentido hipotecario, ¿estamos?
Un oyente.—Ah, bueno, usté disimule.
Señor Floro.—No hay de queque. Orejita es lo que hace falta pa saber oir. Y voy a rematar. Por lo tanto, Eulalio, ni hay ser superior, ni cielo, ni purgatorio, ni andróminas de esas. En este mundo no hay nada más que este mundo, donde está todo, lo bueno, lo malo y lo entreverao. Y el día que te mueras vuelves al seno de la tierra materna y te haces polvo, fósforo, gaseosa... nada. ¡He dicho!
Delirantes aplausos y risas soeces acogen las últimas frases del ateo.
El señor Eulalio, reducido al silencio por la explosiva dialéctica de su rival, calla en un rincón.
Otra vez vuelve a oirse la campanilla del Viático, que regresa. Se va acercando, acercando... Al fin, pasa, y, cada vez más lejana, se pierde en el silencio de la calle desierta, seguida del lento rodar del coche.