Señor Floro.—¡Ay, Felipa, qué dolor! ¡Ay, que me muero!
Señá Felipa.—Pero, ¿qué t’ha dao?
Señor Floro.—¡Ay, que no lo sé!... ¡Ay, que tengo aquí un puñal!
Señá Felipa (Echándose de la cama.)—Pero, ¿dónde?
Señor Floro.—¡Ay, en esta parte!... ¡Ay, que llamen a un médico, que yo no puedo respirar! ¡Ay, Felipa, que es un dolor de costao!... ¡Ay, que yo no sé qué tengo!
Señá Felipa.—¡Por Dios, hombre, no te apures!
Atacado de una aguda neuralgia intercostal, el señor Floro sigue quejándose con amargos lamentos; mientras, la señá Felipa se echa una falda y corre a llamar a los vecinos.
A poco, el cuarto se llena de gente a medio vestir, que anda de un lado a otro, perpleja y estuporizada.
Vecina primera.—Pero, ¿qué ha sido?
Vecino primero.—Pero, ¿qué tienes, Floro?