Matías.—Voy en un vuelo. (Sale disparado.)
Dan al enfermo aguas cocidas, unturas; le aplican bayetas, ladrillos calientes...; todo inútil. La violencia del mal no cede. El señor Floro, en el paroxismo del dolor, da gritos desesperados y espantosos, revolcándose en la cama.
Señor Floro.—¡Ay, que me muero!... ¡Ay, que no puedo más!... ¡Ay, Virgen del Carmen, quítame este sufrir, por lo que más quieras!... ¡Ay, Dios mío de mi corazón!...
La señá Escolástica, una vieja motejada de beata por la vecindad, se acerca al lecho.
Señá Escola.—Hombre, señor Floro, como tié usté esas ideas, yo no me he atrevido a decirle a usté una cosa... Pero ahora que le oigo a usté mentar a Dios y a la Virgen Santísima, si usté quiere, yo le daré un remedio que se le quita ese dolor en dos segundos.
Señor Floro (Incorporándose. La mira con ojos ávidos.)—¿En dos segundos?... (Abrazándose a ella.) ¡Ay, señá Escola de mi vida, dígamelo usté por su madre, sea lo que sea antes que me muera!
Señá Escola.—Pues que yo tengo unos sellitos de la Virgen de la Paloma, ¿sabe usté...? que se rebuñan un poco, se hacen como una bolita, se tragan en un sorbito de agua, se reza con fe un “Dios te salve María” y al menuto curao.
Señor Floro (Mirándola con angustia.)—¡Ay, señá Escola!... ¡Ay, que yo no puedo hacer eso!
Señá Escola.—Pero, ¿por qué?
Señor Floro.—Mis ideas, que no me dejan.