Fig. 162.—Chozas de los Manes (Dakotas).
La vida futura. Manismo.
11.—La creencia en la vida futura era tan universal, y estaba tan arraigada en el ánimo del salvaje, que para él no existía la muerte sino como tránsito ó continuación de vida. El alma humana, ese algo que les mantenía vivos, tenía vida ultraterrena. Las lenguas indígenas no tenían palabras equivalentes á "morir", sino á "matar ó ser matado". Lo que perecía era la sombra humana, la "forma corporis", pero la parte esencial del alma, lo que constituía propiamente hablando la personalidad, la individualidad, sobrevivía á la disolución del cuerpo y la forma, y pasaba á un mundo astral, helado y sombrío, á donde llevaba sus pasiones, sus odios, sus rencores, sus necesidades y sus preferencias. Estas almas desencarnadas (manes), en especial las de los sacerdotes y jefes, seguían interesándose en las andanzas terrenales de sus allegados, participaban de sus fiestas tribales, vagaban alrededor de sus chozas, se manifestaban en sus sueños, recibían sus homenajes, y hasta tomaban posesión de sus cuerpos.
Fig. 163.—En oración.
Este concepto de la vida de ultratumba originó innumerables ritos y creencias, (Manismo) tan solemnes y significativos que muchos escritores desde Euhemerus á Spencer y sus discípulos, han sostenido que el origen, fin, y esencia de toda religión, están comprendidos en la propiciación de las almas de los muertos, en el culto de los antepasados, y en la posibilidad de comunicarse con ellos.
Sin incurrir en semejante exageración, diremos, sin embargo, que desde Alaska á Patagonia, la creencia en la vida de ultratumba, es el rasgo más marcado de las religiones indígenas, y que el sepulcro en las agrupaciones Americanas fué las más de las veces cuna del altar y del templo.
Fig. 164.—En comunicación con el espíritu nocturno.
De aquí los extraños fenómenos y desvaríos del espiritismo indígena, la diversidad é importancia de los usos mortuorios, los cruentos sacrificios Aztecas al "Tezcatlipoca", el árbol frondoso y triste que colocaban los Timbues, en el sepulcro de sus padres, ó la gota de leche que dejaba caer la madre India en los labios del hijo muerto[251].