Más tarde, y por creer el Indio que sus calamidades y desgracias eran causadas por la ira ó indiferencia de los espíritus, perdieron tales sacrificios su primitivo carácter honorífico, convirtiéndose en piaculares ó expiatorios. Toda violación del "tabou" voluntaria ó involuntaria, debía, en efecto, expiarse con algún acto doloroso que aplacara la vengativa cólera de las ofendidas divinidades. Naturalmente, el sacrificio era tanto más eficaz y meritorio cuanto más cruel y mortificante[288], razón por la cual, los penitentes salvajes, que á menudo llegaban en su exaltación mística hasta macerarse y mutilarse con increíble saña, no reconocieron límites para infligir á sus semejantes los más horribles suplicios, y torturaron hasta la muerte á los esclavos y cautivos dedicados á sus dioses.
De aquí la frecuencia y extensión de los sacrificios humanos en todas las tribus de América, y en especial en las grandes agrupaciones sedentarias (Aztecas, Incas, Chibchas, etc.), donde se sacrificaban anualmente millares y millares de víctimas. No sabía el indio—dicen los antiguos cronistas—, que pudiera haber sacrificio sin matar á alguno.
No sólo se sacrificaban cautivos ó enemigos, sino hasta los más cercanos parientes, los más jóvenes, los de rango más alto en la tribu, las mujeres, los hijos mismos, dispuestos siempre á morir en las aras de sus sanguinarios ídolos, impotentes, según el indio, para resistir al poder mágico de semejantes sacrificios, que les obligaban á acceder á los deseos de sus salvajes devotos[289].
El corazón del sacrificado, que se arrancaba palpitante, se ofrecía generalmente á la divinidad y los demás miembros de la víctima, sagrada en virtud del sacrificio (sacrum facere), se devoraban por las multitudes fanáticas, creyendo que por este medio entraban en íntima comunión (cum unio, cum unire) con sus dioses y se hacían uno con ellos.
Los indios de Nicaragua, por ejemplo, al cosechar el maíz extendían algunos granos en sus altares, regándolos con su propia sangre y comiéndolos después como manjar sagrado.
Las vírgenes Peruanas mezclaban con harina la sangre de los sacrificados, cociendo en panes la repugnante mezcla para que los devoraran en los diversos templos del imperio. La sangre fresca del mancebo Azteca, que se sacrificaba anualmente al dios "Tezcatlipoca", se amasaba también con harina, para que de ella participaran los celebrantes.
Fig. 185.—Símbolos de danzas Mágicas. (Pictografía N. A.)
La continuidad y frecuencia de los sacrificios humanos contribuyeron indudablemente á la desaparición ó extinción de muchas y numerosas tribus[290].