Fig. 232.—Ruinas del Templo de Xochicalco.

Una vez reunidos los guerreros y sus auxiliares, emprendían juntos la marcha hacia el territorio enemigo, ó mejor dicho, hacia la zona desierta que separaba entre sí las diversas tribus. Allí se detenían, lanzaban sus gritos de guerra, que el enemigo contestaba á lo lejos, y tomaban después en silencio sus posiciones estratégicas, sin turbar hasta que amanecía la traidora serenidad de la terrible noche que precede á todo ataque indio.

Apenas rayaba el alba, avanzaban entre fieros aullidos, iniciando con furia la salvaje lucha de retiradas aparentes, emboscadas felinas y refriegas largas y sangrientas, que no cesaba hasta que uno ú otro de los combatientes cedía el campo[352] é iniciaba la retirada hacia las cabañas ó defensas. Si los vencidos conseguían detener á sus perseguidores con algún obstáculo natural (declives de montaña, barrancos, ríos, etc.) ó artificial (albarradas, murallones, cercas de piedra, etcétera)[353], contentábanse los Mejicanos con el botín del campo de batalla, aseguraban los cautivos con yugos de madera, ó cortándoles los tendones de los pies si hacían resistencia, y los llevaban á Méjico para sacrificarlos.

Fig. 233.—Sacerdote Hopi (Danza de la Serpiente).

Si los vencidos no podían refugiarse convenientemente, entraban los Mejicanos á sangre y fuego en sus aldeas, hasta que hacían Señales de paz, se declaraban sometidos y pagaban por adelantado un año de tributo. A veces los Mejicanos atacaban de noche y sin previo aviso. La escena de estas sorpresas nocturnas, verdaderos asaltos de tigres entre tinieblas, puede acaso imaginarse, pero no se describe fácilmente.

Fig. 234.—Página del Códice Cortesiano.

Claro es que las tribus más poderosas y audaces eran aquellas cuya situación defensiva, natural ó artificial, era menos vulnerable. El pueblo de «Tenochtitlan», rodeado por todas partes de agua, merced á sus calzadas y sus acequias[354], ocupaba una posición prácticamente inexpugnable para los guerreros indios del siglo xv. Como más adelante veremos, su extraordinaria resistencia al heroico asedio de los Conquistadores españoles del siglo xvi, es una de las más hermosas páginas de la historia militar de la desgraciada raza indígena.