11.—El patriarcado, la esclavitud, las costumbres matrimoniales y las hereditarias de los Aztecas demuestran claramente que el concepto del valor é importancia de la propiedad personal había hecho camino en el primitivo Méjico. Confirma esta importante conclusión histórica la indudable existencia en los poblados Aztecas de mercados y ferias regulares y frecuentes. Celebrábanse tales mercados cada cinco días. El tráfico era activísimo. Se trocaban granos, cacao, alimentos, bebidas, vestidos, ornamentos, útiles, armas, alfarerías[371] y demás objetos necesarios para la vida material del indígena, para el adorno y sostenimiento de sus mansiones comunales y para la provisión de aquellos ágapes bárbaros, cuya abundancia y suntuosidad tanto deslumbraron á los Conquistadores Españoles, que no vacilaron en compararlos con los opulentos festines de la antigüedad clásica[372].
No se usaban en los mercados pesas ni medidas. Las transacciones eran simples permutas, sin moneda ó intermediario de cambios, á no ser que consideremos como tal á aquellos «zontlis» y «xiquipiles» de cacao, á aquellos "cañutillos de ansarones llenos de granitos de oro" ó á los pedacitos de estaño ó cobre en forma de T, de que nos hablan los antiguos cronistas[373]. Había en estos mercados tribunales de justicia. Los robos y demás delitos eran frecuentes, el enjuiciamiento sumario y las penas cruelísimas y bárbaras[374].
Tribus de Michoacan, Nicaragua, etcétera.
12.—No estuvo limitada la civilización Azteca, que en sus rasgos esenciales dejamos descrita, al territorio del Anahuac y sus cercanías. Con raras excepciones las tribus principales de la llamada por los Arqueólogos Norteamericanos «Sección Mejicana» (División del Pacífico)[375], no obstante pertenecer á distintas familias lingüísticas, se diferenciaron poco en sus culturas. No es aventurado, pues, el considerarlas como vástagos ó desmembraciones de un mismo tronco etnológico, de una civilización única en su antigüedad y orígenes, en vez de estudiarlas como grupos culturales distintos, desarrollados á la par en regiones geográficas diferentes[376].
Fig. 245.—Idolo de un templo Maya.
Acaso la organización político-social de la Confederación Azteca fué superior á la de sus vecinos; pero es indudable que aventajaron algunos de éstos á las tribus Nahuatl en otros aspectos de su cultura indígena.
Fig. 246.—Pirámide del Sol en San Juan (Teotihuacán).
Los Tarascos de Michoacan formaron pueblos progresivos y sedentarios. Sus habitaciones de piedra y mezcla, sus orfebrerías y trabajos en pluma y sus admirables armaduras, rodelas, escarcelones, etc., etc., atestiguan sus adelantos materiales. Su lengua era además armoniosa y llena de vocales, sus ritos y ceremonias complicadísimos[377]. Los Otomis, vecinos de los anteriores (Chiapas, Guerrero, etc.), cuya lengua era de las más extendidas en el Méjico del siglo xvi, no fueron tan salvajes como algunos cronistas los pintan. Eran tributarios de la Confederación Azteca, supieron cultivar sus feraces tierras y se distinguieron por sus endechas, cantares y musical instinto[378].