Enrique «El Navegante».

13.—Los verdaderos iniciadores de las exploraciones referidas fueron los marinos portugueses que, alentados por el Gran Príncipe "Enrique el Navegante", descubrieron las costas Occidentales y Meridionales del Continente Africano.

En el año 1419, el Príncipe Enrique, hijo de Juan II de Portugal, estableció en el célebre promontorio de Sagres un centro activísimo de exploraciones geográficas. Enrique era virrey de los Algarves y Gran Maestre de la Orden del Cristo. Sus talentos militares eran famosos en la Europa de la época. El Papa Martín V, el Rey Juan de Castilla y Enrique de Inglaterra, le ofrecieron el mando de sus ejércitos. Rechazadas tan gloriosas ofertas, se retiró á los Algarves y dedicó sus energías y su genio al progreso de la navegación y los descubrimientos. Su expedición al Africa le hizo conocer las rutas de los mercaderes de Tunez y Gambia; aprendió después todo lo que la geografía medioeval podía enseñarle, estudió el uso de cartas é instrumentos náuticos, atrajo á su corte á los más hábiles marinos extranjeros y convirtió el puerto de Lagos en el punto de partida para viajes lejanos, más célebre del siglo xv. Su ardiente celo de cruzado, su deseo de propagar el cristianismo en tierras de infieles, su voluntad firmísima y bien inclinada (talent de bien faire, era su enseña), su instinto de explorador y su genial curiosidad científica, le hicieron anteponer á todo los intereses de la ciencia geográfica. Consiguió inculcar á sus capitanes su entusiasmo y su espíritu, perfeccionó buques, instrumentos y cartas, equipó y costeó expediciones, y creó y sostuvo hasta su muerte aquella admirable Escuela Náutica de Sagres, donde se formaron la mayor parte de los cosmógrafos, viajeros y pilotos, que transformaron, con sus descubrimientos y sus viajes, la historia y el comercio del Mundo[486].

Fig. 335.—La Mar Tenebrosa (Olaus Magnus).

El Cabo Bojador.

14.—Preocupóse primero el Príncipe Enrique de la exploración y colonización de Madeira, Porto-Santo, etc., que duró algunos años (1418-25), para afrontar el problema del Cabo Bojador que nadie osaba doblar en aquellas épocas. Y no era, por cierto, falta de valor lo que detenía á los marinos portugueses, sino la novedad del caso, porque llegar al Cabo referido era penetrar en la terrible zona tórrida, en la mar tenebrosa de los antiguos, importaba traspasar los límites legendarios del Cabo Non del que, según el proverbio medioeval, se volvía ó no se volvía. (Quem passar ó Cabo de Não, ou voltará ó Não).

En el año 1434, Gil Eannes, uno de los marinos más audaces de Sagres, intentó la temeraria empresa. El éxito coronó sus esfuerzos. Dobló el terrible Cabo, desembarcó en las costas y volvió á Portugal, trayendo á su Príncipe, como símbolo de vida, un manojo de rosas cogidas en la que hasta entonces se creía región del fuego y de la muerte. El viaje de Gil Eannes marcó una era de descubrimientos. Traspasada la secular barrera y desvanecido el terror á lo ignoto, los viajes marítimos hacia el Sur adelantaron rápidamente. En 1441 Nuño Tristán dobló el Cabo Blanco, en 1442 exploró Gonzálvez el Río del Oro (Río d'Ouro), en 1460 descubrió Diego Gómez las islas de Cabo Verde, y en 1462 llegó Cintra á Sierra Leona y entrevió las Costas de Guinea[487].

Fig. 336.—Buque Normando (Tapicería Bayeux).