Los judíos españoles, famosos como médicos, astrólogos, matemáticos, y en especial como mercaderes y prestamistas, fueron siempre odiados por el pueblo, y la protección que les dispensaron los nobles, y hasta las leyes mismas, no pudo librarles de continuas persecuciones y violencias. En los siglos medios, y en especial después de las terribles matanzas de Sevilla, Córdoba, etc. (1391), abjuraron muchos sinceramente ó por conveniencia su fé judaica, aceptando el bautismo y haciéndose cristianos nuevos, marranos (de maran-âtha-anatema sobre tí) ó conversos.

Dotados de excepcionales talentos llegaron algunos á elevados destinos. Fuese, sin embargo, por sus exacciones como usureros y almojarifes (recaudadores de impuestos), por creerse (no sin razones) que seguían menospreciando á la Iglesia, y practicando en secreto sus antiguos ritos, ó por sospecharse que se entregaban á brujerías ó artificios mágicos para destruir á los cristianos viejos, la enemistad contra ellos perduró, y la opinión pública, confundiendo á todos los conversos en el mismo recelo, les persiguió sin distingos, equivocándose muchas veces y vejando sin causa á personas de acendradas creencias.

Por otra parte, los naturales anhelos de proselitismo de los no convertidos, la indiscutible influencia del panteismo filosófico y de la cabala (supersticiones, brujerías, prácticas vedadas, etc.) israelita sobre muchos espíritus, y las frecuentes alianzas de familias judías con las cristianas de rancio abolengo, debilitaron la fé de muchos católicos, que practicaron en secreto los ritos y cultos hebreos, y fueron tachados de judaizantes[496].

Fig. 347.—Espada del siglo xv.

La Inquisición.

10.—En 1477, hallándose los reyes en Sevilla, el predicador dominico Fr. Alonso de Ojeda hizo públicos cargos contra estos. Isabel y Fernando, en vista de tales denuncias, y para evitar mayores males, pidieron y consiguieron del Papa Sixto IV (1478) una bula que les autorizó expresamente á elegir inquisidores para sus reinos, con todo el poderío, jurisdicción y autoridad de los jueces eclesiásticos ordinarios. Con estos caracteres de especialidad y dependencia del poder civil comenzó á funcionar en Sevilla (1480) el Tribunal de la Inquisición ó Santo Oficio, que adoptó, desde luego, las penas y procedimientos establecidos por las prácticas tradicionales y por el «Directorium» de Fr. Nicolás Eymerich, inquisidor general de Aragón (siglo xiv) que defendía el uso del tormento. El 6 de Febrero de 1481 se celebró el primer Auto de fé, y á diez y seis de sus reos se les aplicó la pena de la hoguera. Multitud de conversos de Sevilla huyeron temerosos de ser acusados. En un solo auto de la Inquisición de Toledo (Marzo 1487), figuraron 1.200 reos, y en otro del año anterior (Agosto 16, 1486) fueron declarados relaxos y condenados á la hoguera 25, algunos de ellos de verdadero viso. El celo de los Inquisidores fué excesivo. Diferentes Breves del Papa Sixto IV (29 Enero 1482, 23 Febrero y 2 de Agosto 1483), aluden á sus extralimitaciones, y hablan de "víctimas inocentes". Alejandro VI censuró al inquisidor Torquemada, trató de que fuera depuesto, y amparó á muchos procesados españoles que á su Santa Sede recurrieron[497].

Fig. 348.—Catedral de Burgos.

Expulsión de los Judíos.