—Dime, malo, remalo, ¿crees o no crees en las hadas?

Ramón hizo una concesión, entre respetuoso e irónico:

—Si me lo manda usted, niña...

Sin contestarle, Lita dijo, en voz baja y misteriosa:

—Pues oye... ¡Oye, que tengo que decirte un secreto muy grande!... Acerca la oreja... ¡Más!... ¿Sabes qué secreto? ¡Mi madrina es una hada!

Creyó Lita que Ramón quedaría deslumbrado con semejante revelación, y sólo parecía perplejo...

—Es una hada que viene a verme todas las noches, en cuanto me duermo—continuó confidencialmente.—Entra en puntillas y se para al pie de mi cama. Es todavía más linda que mamá. Tiene una estrella en la frente y el pelo suelto. Arrastra, como la cola de los vestidos de baile de mamá, un manto de tul bordado de oro, perlas y brillantes. En la mano lleva siempre levantada su varita mágica...

Aquí hizo Lita una pausa, para gozar del efecto de su descripción... En su entusiasmo no vio que el chico, con sus infantiles ojos negros húmedos de piedad y de ternura, meneaba incrédulo la cabeza... Y ella prosiguió, alzando su vocecilla de plata:

—Yo sé que esa hada va a curarme y entonces podré saltar y correr, y cuando seamos grandes, ¡los dos nos casaremos!...

Ahora sí que parecía deslumbrado Ramón, aunque objetó: