—Pero yo soy el hijo de la cocinera, Lita, y usted es la niña de la casa...

—¿Qué importa?—respondió Lita con generosidad de reina.—Además, tú mismo me lo has dicho... Cuando seas grande, tú trabajarás para tu mamá, y ella no será más cocinera... ¿Qué importa que lo haya sido? ¡Mejor! ¡Así nos hará dulces muy ricos!...

—Pero su mamá...

—Yo no soy orgullosa y mi mamá hace todo lo que yo quiero.

Sin darse por vencido, no ocultando su triste escepticismo, Ramón objetó todavía:

—Su mamá hace ahora todo lo que V. quiere, niña, porque V. está enfermita; pero cuando V. sane, será otra cosa...

Lita contestó muy seriamente:

—¿Prefieres entonces, para casarte conmigo, que yo siga enferma, clavada en mi silla como los pajaritos embalsamados en los sombreros de mamá?

—¡Oh, no, niña, no!—afirmó Ramón con toda su alma.—Prefiero morirme. Se lo juro.

—No digas tonterías.