Se hizo una pausa, que cortó Ramón, después de suspirar:

—Tengo algo que mostrarle, además del saltaperico, niña Lita...

—¿Qué?

El chico salió corriendo y volvió triunfante con una ratonera, donde estaba presa una lauchita...

—Mirela, niña, qué preciosa...

—¡Uf, da asco! ¿Qué vas a hacer con eso?

—Mi mama la va a matar... Yo quería que V. la viera antes.

—¡No, que no la mate! ¡Suéltala, suéltala, pobre lauchita!... ¡Si te reprenden, di que yo te lo he mandado, Ramón!...

Ante orden tan perentoria, Ramón comprendió que había hecho mal en mostrar a la niña la pequeña prisionera... Y la soltó, porque sabía que los deseos de la niña debían siempre respetarse. La laucha corrió a esconderse debajo de un armario...

—¡Es una monada!—exclamó Lita batiendo palmas con alegría.—¡Su mamá va a ponerse muy contenta cuando la laucha vuelva a la cuevita!—Y cambiando repentinamente de tema y de tono, agregó:—Tenía que decirte otra cosa, Ramón... y es que puedes tutearme como mis hermanitos y mis primos.