Solo con procedimientos tan injustos, villanos y pérfidos, pudieron los españoles extinguir el último vástago de la familia incáica. La inmensa riqueza de este suelo privilegiado, y la nobleza, hospitalidad, mansedumbre y buena fe de sus habitantes, dieron mérito á que sus inhumanos y oscuros conquistadores afianzasen su poder en tan dilatados dominios, validos de la astucia, el dolo, y de una creencia religiosa de la que ellos mismos renegaban á cada paso, no contando sino con la fe del ignorante y sin tener la convicción del catequista[125].


VI
Ruinas de monumentos y ciudades pre-incáicas

Las mas admirables de las ruinas diseminadas en el vasto territorio del Perú, son las de Tiahuanaco[126], en las inmediaciones del lago Titicaca, cuyo centro, se cree, fué el más antiguo foco de la civilización peruana y americana; empero, algunos historiadores piensan que los soberbios monumentos cuyas ruinas subsisten aún en Mocha, y los sorprendentes trabajos hidráulicos que se ven todavía en Nazca, consistentes en largos socabones subterráneos, con el objeto de buscar el agua de infiltración en el cauce del río y traerla sobre los terrenos cultivados, son obras que demuestran civilizaciones anteriores al período de Tiahuanaco.

Estas ruinas de Tiahuanaco han llamado la atención de todos los arqueólogos y sabios que han tenido oportunidad de visitarlas y estudiarlas. Gigantescos túmulos, rodeados de pilastras que descansan sobre grandes cimientos de piedra; murallas, cuyas piedras son de tal magnitud y tan enormes dimensiones, que no se concibe como fuerzas humanas han podido ponerlas en su sitio, teniendo algunas de ellas treinta piés de largo, dieziocho de ancho y ocho de espesor, extraídas de las canteras de Yunguyo, situadas á más de cuarenta millas de distancia, siendo verdaderamente admirable que sin bestias de tiro, sin vehiculos apropiados, sin ninguna máquina poderosa, hayan podido traer tan enormes masas desde tan larga distancia[127]; templos de ciento á ciento cuarenta varas de largo, con columnas angulares; pórticos monolíticos en proporciones colosales, todo esculpido con figuras humanas de regular ejecución; estátuas de basalto é ídolos de piedra, gigantescos, artísticamente tallados. Tales son las sorprendentes obras que yacen en ruinas en Tiahuanaco y que pertenecen á un orden arquitectural especial, pues no tienen semejanza con las construcciones y esculturas de alguna otra nación.

Un historiador moderno hace la siguiente descripción de las ruinas de Tiahuanaco: «Estas ruinas, situadas á veinte kilómetros al Sud del lago Titicaca, son de antigüedad desconocida, muy anteriores al período incáico. Son de grandes moles de pórfido, predominando los colosales bloques, todos simétricamente labrados y artísticamente pulidos. Una serie de aposentos con esculturas uniformes se nota á primera vista después de una colina artificial sobre cimientos hechos de grandes rocas cortadas á escuadra, que tiene cincuenta piés de altura, seiscientos veinte de largo, cuatrocientos de ancho, formando tres terrazas superpuestas concéntricamente. Más adelante de esta cúspide artificial están dos grandes ídolos de forma humana con largas vestimentas y adornos y ornamentos en la cabeza. Una serie de largas columnatas ofrecen el aspecto de un monumento druídico, y resaltando sobre todo este conjunto, se destaca una colosal portada hecha en una sola piedra con rigorismo geométrico y adornada primorosamente con relieves, cornizas, geroglíficos, imágenes coronadas y emblemas de irreprochable elegancia. El templo es un rectángulo de cuatrocientos cuarentaicinco piés de largo sobre trescientos ochenta de ancho; una columnata adorna uno de sus costados y en su base se han encontrado grandes excavaciones. Este edificio parece el más antiguo de todos los que forman las ruinas. Entre todas estas obras, y esparcidas al acaso, se ven cornizas, bases de pirámides, pedestales, zócalos, molduras y diversos tallados que han quedado inconclusos.»

Otro escritor hace también la descripción de los principales monumentos megalíticos de Tiahuanaco, diciendo:

«Akapana ó la fortaleza, es un hermoso mound builder de unos cincuenta metros de altura, que consta de terraplenes concéntricos sostenidos por macizos muros de contención; fué destinado indudablemente al rito religioso á los muertos: Akapana tiene un canal escalonado á sus terrazas, presumiéndose que ha sido el sitio donde se enterraba á los de estirpe real ó principal. Kalosaya ó la sala de justicia, tiene su entrada por medio de una hermosa escalinata; en uno de sus ángulos se ostenta la famosa puerta del Sol, llena de figuras simbólicas, y se cree que fué monumento de la segunda civilización de Tiahuanaco. El llamado templo, al norte de Akapana, es rectangular y perteneció al Tiahuanaco primitivo. Tuncapunca, al sudeste, es también una notable construcción que denota haber sido un gran tribunal de justicia, por los enormes bloques que se semejan á asientos ó sillones de magistrados: constituye cuatro plataformas de gigantescas proporciones puestas en línea, conteniendo diez umbrales que corresponden á diez puertas que soportarían portadas magníficas. El muelle prehistórico ocupa la parte norte de la región de las ruinas: es la construcción que prueba que las riberas del lago Titicaca vinieron á contornear todo el frente de la grande metrópoli, sirviendo para el desembarque de las canoas, balsas, que eran el medio de navegación lacustre. Aparte de estos principales monumentos, existen varios grupos aislados y dispersos de bloques, monolitos y otros fragmentos correspondientes á períodos diversos de la civilización de Tiahuanaco, esa mansión del misterio, pasmoso testimonio de la primera civilización, donde yacen olvidados los esplendores de una actividad intelectual que no ha sido imitada por las naciones que siguieron á la vida, en las edades que se sucedieron.»

Y se preguntará: ¿Quiénes fueron los ingeniosos y atrevidos artífices que llevaron á cabo la construcción de esas obras titánicas sin iguales? No hay duda que serían hombres dotados de una fuerza hercúlea y de una inteligencia superior, cuyo grado de civilización se encontraba á una altura muy elevada. Algunos autores creen que no sería aventurado el suponer que esos hombres fueron los mismos Caldeos cuyo idioma Súmero, según el Dr. Hyde Clarke y el Dr. Pablo Patrón, guarda tanta analogía con el Aymará y el Quechua, ó talvez, los mismos hombres de raza blanca que, se cree, sean los fundadores de los antiguos imperios mexicanos; porque, si debemos dar crédito al historiador Cieza de León, en el Perú ha habido también, en época lejana, una raza de hombres blancos, como lo asevera este historiador en el cap. I de la parte II. de su Crónica del Perú, donde dice: «En la isla de Titicaca, en los siglos pasados, hubo unas gentes barbadas, blancas como nosotros, y que saliendo del valle de Coquimbo un capitán que había por nombre Cara, llegó donde ahora es Chucuito, de donde, después de haber hecho algunas nuevas poblaciones, pasó con su gente á la isla, y dió tal guerra á esta gente, que digo que los mató á todos.»