Pero, veamos lo que á este respecto opinan varios antiguos historiadores, tocante á los artífices que construyeron estos colosales y magestuosos monumentos.

Según lo refieren Gomara, Cieza de León, Garcilaso, Acosta, Torquemada, Herrera, y, posteriormente, el presbítero Velasco, en sus respectivas historias, la construcción de esos grandiosos monumentos fué debida á una inmigración de hombres gigantes[128] cuya estatura no bajaba de ocho varas[129]. En apoyo de sus aserciones, citan el hecho de haberse encontrado, después de la conquista española, sepulcros huecos, hechos de piedra, conteniendo esqueletos enteros que tenían esa misma dimensión[130]; raza de gigantes que, según presumen aquellos mismos historiadores, fueron los artífices que labraron esos ciclópeos monumentos cuyos vestigios se encuentran, aún, en Tiahuanaco, Manta, Punta de Santa Elena é Islas de Pascuas[131], y cuyas medidas y proporciones, especialmente de las puertas, manifiestan, de un modo evidente, que esas obras no fueron hechas con las fuerzas de hombres de estatura natural, sino con las de aquellos hombres de talle extraordinaria, para cuyo uso y servicio eran únicamente proporcionados estos monumentos[132]. Además, Montesinos en sus Memorias antiguas historiales y políticas del Perú, asevera también que durante el reinado del emperador pirhua Ayar-Taco (1588 á 1563 antes de la Era Cristiana, ó sea, en el lapso de veinticinco años), invadieron el Perú multitud de gigantes, que poblaron principalmente la costa desde Puerto Viejo hasta Chincha, y se extendieron hasta el interior del país.

Garcilaso refiere que Cieza de León le dijo haber oído en la provincia donde habían llegado los gigantes, «que éstos desembarcaron en la Punta de Santa Elena, cerca de la villa de Puerto Viejo, y que por las tradiciones de padres á hijos se sabía que habían venido por mar, en balsas de junco hechas como unos barcos, y eran tan altos que de la rodilla para abajo parecían hombres de talla regular; que tenían barba; que llevaban pelo que les colgaba sobre los hombros; que algunos iban desnudos y otros cubiertos con pieles de bestias salvajes; y que no trajeron mugeres con ellos.»

Acosta dice que él mismo midió esqueletos de gigantes cuya talla era más de tres tantos mayores que los indios.

Gomara infiere que el conquistador Francisco Pizarro, al llegar á Puerto Viejo, halló allí estátuas de piedra hechas por los gigantes á semejanza de sus personas, de más de ocho varas de altura.

M. Pagador, en su Historia de América, impresa en Lima en 1872, también dice: «Que se han hallado cadáveres de gigantes en diversas partes, desde la conquista hasta los tiempos contemporáneos, no con cráneos y huesos truncados que puedan producir duda y atribuirse á otros animales, sino los esqueletos enteros, sin faltarles parte alguna, no sepultados bajo la tierra, sino en sepulcros hechos á propósito para este fin.»

Toranzos, escabando una huaca de los indios, encontró una calavera y una canilla enormes que correspondían á un hombre de estatura gigantesca.

Y este juicio de los historiadores y escritores citados, parece que fuera algo fundado, máxime cuando la magestuosa grandeza de esos monumentos antiquísimos, que han resistido á los embates de tantos siglos y cuyos restos amontonados en ruinas asombran el espíritu de los hombres de la actual generación, hacen suponer que fueron obras de una raza titánica, de poderosa fuerza muscular, y cuyo desarrollo floreciente marca una etapa de sobresaliente actividad humana y de primitiva civilización tan adelantada que ha dejado una luminosa huella de su actuación y su saber.

La época en que esos gigantes aparecieron en América es aún obscura é incierta, pues algunos los suponen de remota antigüedad, anteriores al Diluvio universal; y otros, al contrario, los creen casi coetáneos de los Incas, por haberse encontrado todos sus cadáveres sólidos y consistentes.